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martes, 11 de diciembre de 2012

Vascos y catalanes también en las corridas de toros de Italia


TOROS

Italia fue un país taurino

09.12.12 - 00:04 - 




En la ciudad de Roma tuvo
lugar la última corrida de toros,
en el año 1924. :: HOY




Imagine la situación. Roma. Año 1924. Suenan clarines y timbales y los toreros se disponen a hacer el paseíllo ante decenas de espectadores italianos en una corrida al estilo español. Este hecho puede sorprender a muchos aficionados pero lo que se acaba de relatar realmente sucedió en tan histórica ciudad. De hecho, fueron los últimos festejos taurinos de un país, Italia, al que une una importante tradición de espectáculos con el toro como protagonista.
De sobra conocido es el origen mitológico de los astados y su vinculación con los países del eje Mediterráneo. Italia fue uno de los que también celebraba estos festejos, cuando ni siquiera estaba configurada como nación, sino que se dividía en varios reinos independientes. Tenía sus propios espectáculos taurinos y además, desde la invasión de los territorios de Sicilia y Nápoles por parte del rey de Aragón Alfonso V en el siglo XV, y la llegada de los Borgia a Roma se organizaron junto a los propios los que se 'importaron' desde España.
Y es que los juegos con toros italianos y los españoles no eran del todo similares. Los italianos eran mucho más cruentos. El más conocido de ellos se celebraba en el monte Testaccio. Esta colina, ubicada en la ciudad de Roma, tiene también una historia curiosa, relacionada con España. Se formó de manera artificial con unos 26 millones de ánforas de aceite de oliva rotas. La mayoría de ellas

sábado, 12 de mayo de 2012

La encrucijada popular, por Xavier Pericay


DECÍA ayer María Jesús Cañizares en estas mismas páginas que el Partido Popular de Cataluña —o Partido Popular Català, tras el reciente cambio de marca, que incluye, junto al adjetivo, una banderita cuadribarrada— se halla en una encrucijada: seguir dando su apoyo al nacionalismo gobernante pese a su progresivo radicalismo o romper con él e instalarse en la más estricta oposición. Cierto, la encrucijada existe. Y no es cosa de ayer. Hasta puede que se esté dando desde el inicio de la legislatura autonómica, a juzgar por la constante alternancia de profesiones de generosidad y responsabilidad con amenazas y amagos de divorcio.
Pero, como bien dice Cañizares, la ruptura, para el PP, tiene un precio. Se llama, por ejemplo, Diputación de Barcelona, Corporación Catalana de Medios Audiovisuales y Ayuntamiento de Badalona. Esto es, presencia institucional. Esto es, cargos y sueldos. Y ahí duele. Sobre todo para un partido que llevaba décadas reclamando un lugar al sol catalán y que ahora, con esos cuatro rayos que le alumbran, debe de estar tocando el cielo.
Nada que ver, en este sentido, con el PP del País Vasco. En su caso no ha habido ni siquiera amagos; sólo generosidad y ejercicio de la responsabilidad. Es verdad que el objetivo era completamente distinto: lo que va de permitir que en una Comunidad donde siempre ha gobernado el nacionalismo este deje de gobernar, a permitir que en otra Comunidad donde también ha gobernado siempre continúe haciéndolo. Pero yo no sé qué hubiera pasado en el País Vasco si el PP hubiera alcanzado allí acuerdos semejantes con el ejecutivo socialista a los alcanzados aquí por los populares catalanes con el nacionalista. Lo más probable es que la ruptura, como mínimo, se hubiera dilatado un tiempo. Y es que, cuando un presunto socio te trata con el mayor de los desprecios —y en eso no hay diferencia entre el Gobierno vasco y el catalán—, lo mejor es tener las manos libres.
ABC